Me ha encantado esta Pajarita.
-Año de 1954
En el índice que indica cada una de las que está publicada, por años, por su número de página, su título, y entreparentesis dice una nota:(Casa de Lora. Malen?)
~Pajarita de Papel
Las cuatro de la tarde de un día de primavera. Buen sol, sombra agradable que prestan las moreras, y la alegría del verde de las parras que se van extendiendo sobre las alambradas de la pérgola. Geranios y rosales nos brindan los colores más brillantes. Un chorrito de agua cae en la fuente con rumor agradable. Mi nietecilla juega inquieta y parlanchina. A mi lado, acostada en la cesta, duerme la más pequeña.
Duerme, he dicho, y no es cierto. Sus ojos miran no sé adónde ni a qué. ¿Que es lo que ven los niños? ¿Por qué miran tan fijos? ¿Qué es lo que les sujeta la vista hacia la lejanía?
En este patio grande que sombrea una arboleda muy frondosa y pujante, las horas de la siesta tienen muy grande encanto. Hondo el patio, alejado de la calle, no se escucha un ruido, ni siquiera un rumor. Este patio-jardin en esta hora es sinfonía de luz y de silencio. Sinfonía de luz que entra tamizada por las ramas frondosas. Sinfonía se silencio, porque el silencio parece que se oye. La falta de ruido por de fuera nos trae como un concierto por adentro. Algo suena en el alma cuando todo es silencio en derredor.
Mientras escribo, la nietecilla chica ha cerrado sus ojos y duerme con la paz que los niños duermen. De vez en cuando sus labios se entreabren en muy dulce sonrisa. ¿Que ven, Señor, los niños cuando duermen, para ese sonreír?
Yo la he estado mirando mucho rato. Es muy grande placer, en la paz de una tarde cómo ésta, ver a una niño dormido bajo el azul del cielo y rodeado de flores. ¡Y rima tan bien todo! La inocencia del niño, el resplandor del sol, el azul de los cielos, la alegría de las flores...
Y la paz, y el silencio, y la armonía de la tarde en calma, y el susurro del aire, y el rumor del chorrito de la fuente cayendo sin cesar.
He mirado hacia arriba, después a la niña dormidita, y posando mi mano sobre su frente, virgen de pensamiento todavía, le he dicho con ternura: ¡Que te bendiga Dios!
José Montoto
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