¿He dicho ya lo que me gusta leer a Don José?
Aquí tenéis otra muestra de lo verdaderamente trascendental y espiritual.
No sé a vosotros, pero a mi me produce una emoción fuera de lugar, y por emocionarme, e, incluso por llorar, como he llorado, no se hace más bello lo escrito y deseado con ilusión.
Tuve la gran suerte de conocer a Isabel (Nena) y puedo decir con total seguridad que para sus fortunas, se cumplió la ilusión de Don José.
Nena si tenía todo lo que él ansiaba, y si tenía muchas cosas suyas, y de su Abuela Isabel.
No la conocí con diez años, siendo una chiquilla. Tampoco conocí a abuela Isabel, ni de niña, ni de mujer, pero leyendo y leyendo, conociendo a "Nena" como la conocí siendo ya mujer, que parecida era a su abuela Isabel. Esto sí lo pude ver.
Dejé escrito sobre "Nena" de como y que gran persona fue: Cariñosa, bondadosa, alegre, llena de Fe, Esperanza y Caridad.
Me ha hecho ilusión volver a leer sobre ella.
Me ha hecho ilusión volver a recordarla.
Me ha hecho ilusión volver a llorar y volver a sonreír.
Me ha hecho ilusión volver a escribir por y Para ti, Isabel..."Nena"
-Pajarita de Papel-
-Otra vez la ilusión-
Vine a Vejer porque una niña nueva me atraía. La niña nueva es una interrogación abierta. ¿Como será? ¿Cuál ha de ser su suerte? ¿Santa? ¿Inteligente? ¿Desdichada? Viendo a la niña nueva, una inquietud flagela nuestra alma. ¡Ay, quien pudiera darte, niña nueva, todo el bien que deseo para ti!
La niña nueva no es, por merced de Dios, nueva del todo. Ni en el nombre ni en nada. El nombre lo ha llevado antes que ella, su abuela; y antes dos bisabuelas; y antes Santa Rosa de Lima, -que aun cuando cambió el nombre en Religión, su nombre de bautismo fue Isabel y su apellido Flores-; y antes dos reinas-en Hungría la una, en Portugal la otra-; y antes la madre del Bautista, la prima de la Virgen. Y en España, una reina, tan excelsa mujer, que pudo y supo engrandecer a España y ser madre de América; todo ello sin dejar de remendar las camisas de su marido el rey. Así te quiero yo, como éstas que he nombrado: muy mujer y muy Santa.
Más no eres niña nueva, por fortuna para tí y para mí. Tu cara, aún cuándo es tuya, es igual que otra cara. A lo menos a mi me lo parece, y no sé si porque era realidad o porque al conjuro de mi deseo el prodigio se hacía, yo veía en ti a la otra. O mejor, yo en tí te veía a tí; pero tú parecías y eres un regalo de Dios, cómo un espejo donde se refleja el que se mira: y yo, al mirarte con el alma, veía en tí el reflejo de lo que llevo en el alma clavado. Yo te había visto antes; hace ya medio siglo que te vi un poquitín mayor de lo que eres ahora. Por eso, porque te conocí de niña la otra vez, sé, mejor que los demás, como tienes que ser para ser como era la otra niña.
No tienes nada mío; no tienes mío sino el ansia que yo tenía de que fueras así. Y ahora que así te veo, y que en ello me gozo, me entristece estar viejo. Yo quisiera mirarte hecha una mujer. Más, si esto no es posible, yo querría, por lo menos, verte hecha una chiquilla con diez años: como entonces, como te vi hace muy cerca ya de medio siglo, aun cuando, sin yo saber lo que era amor me encontré enamorado con amor que llenó toda mi vida: primero la ilusión, después la realidad, el recuerdo después. Y ahora, con tu llegada, niña nueva, aún cuando de otro modo, empieza nuevamente la ilusión.
José Montoto

