Para escuchar las discordantes voces de una radio no es preciso que pongas nada de tu parte. Constantemente se te estará ofreciendo la ocasión, incluso en contra de tu voluntad. Si pasas ante un bar ta atronará los tímpanos el altavoz de uno de estos aparatos, y lo mismo si lo tienen tus vecinos y si todos vivís con las ventanas de par en par, como es corriente en este tiempo tan caluroso.
Escuchar un gramófono ya se hace más difícil. Para que tal suceda tendrás que entrar en la taberna pueblerina de viejo cuño (porque también las hay modernizadas) o darte un paseito por el "Jueves". De seguro que en él hallarás alguno de estos artefactos de gran bocina verde o colorada que a mi -no sé porqué- se me ha antojado siempre como un terrorífico sumidero insaciable, por el que en un momento dado puede precipitarse el mundo entero en caótica vorágine.
Observa como te remito a lugares que pillan más a trasmano para escuchar las notas cascadas y las nasales vocecillas que estos vetustos aparatos pueden lanzar de si. Lo cual es claro síntoma de que vivimos la época de su decadencia.
Pues bien, mucho más lejos habrás de ir y mas te habrás de molestar en su busca si quieres escuchar una caja de música.
Para ello será preciso que te traslades a una casa vieja de esas que tienen un salón hermético que sólo se abre cuando repican gordo, cuyas ventanas están siempre cerradas a la luz del sol porque se comería el color de las cortinas, y cuyos muebles se hallan perennemente ocultos bajo unas fundas fantasmales que les prestan contornos indecisos.
Cuando logres entrar en ese "panteón de muebles ilustres" gira la vista en torno. Sobre alguna consola, sobre algún velador, arquimesa o credencia, es posible que veas una caja de música, aún cuando es mucho más probable que no encuentres ninguna.
Si es lo primero, no esperes que la pongan en funcionamiento sin que tu así lo indiques. Cosas tan desusadas solo se hacen a instancias de parte.
Pídelo, pues, al dueño de la casa, si tienes confianza para ello. Y disponte a escuchar con el mayor recogimiento. Porque al oir las notas de la caja de música, desgarradoramente dulces y tiernas, como caramelos envueltos en "celofán" de lágrimas, comprenderás que tan curiosa máquina debe ser escuchada con unción religiosa, que sería profanación llevarla al bar y que aquel es su marco adecuado: El salón en penumbras, los muebles muertos en olor de antigüedad, los espejos de ya empañado alinde, que recuerdan las pupilas de esos ciegos que lo son, pero con los ojos abiertos: los quinqués, las alfombras de tonos desvaidos, y el auditorio atento de viejos retratos... ¿No parece que aquella "antepasada y fresucta de carnes, de rosa en el escote, se rebulle en su lienzo al conjuro del lindo minué que está sonando?
Dominado por esta impresión, no es raro que a la noche sueñes con todo aquello. Y si te alojas en la misma casa (ningún trabajo cuesta suponerlo así; ¿no pueden ser parientes tuyos a cuyo lado pasas uno días?) Si te alojas allí, te iba diciendo, puede ser que a la noche pases un susto muy respetable. Porque en el silencio de las altas horas, cuando todo está en tinieblas y todos duermen, salvo tú, se oirán súbitamente las notas argentinas del minué.
¡Santo Dios!.... ¡La "antepasada" redivida!... ¡Habrán bajado todos de sus retratos y quien sabe si estará ella danzando con aquel coronel del bigote que nos quiso parecer que la miraba de soslayo!...
Durante unos segundos te incorporarás en el lecho, con la respiración anhelante. Latirá con violencia tu corazón. Hasta que te des cuenta de que se trata de una falsa alarma, porque aquello que suena no es la caja de música, sino un viejo reloj de carrillón, que está tintineando un bello y complicado cuarto de hora.
José Montoto De Flores