Pajarita de Papel
De diez me llevo..
Cuando niño le enseñan a uno cosas que luego no son verdaderas. Recuerdo cuando, a coro (porque en aquellos tiempos se aprendia cantando) repetíamos con una cantinela muy monótona: 2 x1, 2; 2 x 2, 4; 2 x 3, 6; 2 x 4, 8... De la misma manera cantábamos: de 10 me llevo una, de 20, dos; de 30, tres, de 40, cuatro...
Realmente esto es mucha verdad por lo que a las matemáticas se refiere. Lo que ocurre es que las matemáticas se rigen por reglas inflexibles y rígidas, en tanto la vida tiene un elasticidad tal en sus normas que quebranta toda fórmula rigurosa y toda preceptiva. Así mientras yo de diez me llevo una, la vida, de diez se lleva seis o siete o las que quiere. Por lo pronto se me ha llevado seis.
Esto consideraba yo en el día de ayer cuando, idos unos y otros, hemos quedado en casa los que quedamos ya. Fueron en tiempos diez y ya son cuatro. La vida al operar, no lo hizo con rigor matemático. Fue más ambiciosa que la suma aritmética, y fulminó: "de diez me llevo seis". Se los llevó, y en paz.
Y eso es lo grave: la paz que el caso trae aparejada. La paz y la revuelta no son malas en sí, sino en relación con lo que en cada casa estaba estatuido. Hay familias en las que lo normal es la paz, y en las que la bulla y el gentío traen el desconcierto. Hay otras en las que lo ordinario es la revolución de mucha gente, y cuando está se acaba, la paz es para ellos cual silencio de muerte.
Dice un refrán que al que no está hecho a bragas las costuras le hacen llagas. Paralelamente debería haber otro refrán que dijese que aquel que está hecho a llagas no concibe vivir sin la molestias que ellas nos proporcionan.
Una mesa en la que no se cabe es indudablemente una complicación. Una mesa en la que sobra sitio, también resulta complicada en verdad. Por exceso en un caso, por defecto, en el otro, prefiero lo primero.
Pero es que aquí no valen preferencias, aquí hay que estar a lo que se le antoje a la vida en sus arbitrarias matemáticas. Aquí no hay quien pueda hacer que se respete el "de diez me llevo una". La vida se lleva una, y se lleva después a todo el que se le ponga por delante. Y es capaz de decir, de diez me llevo diez y hasta me llevo al padre si se torna. Porque ese es el final; cuando la vida hace las diez de últimas, ella arrambla con todos.
Y eso, que no nos lo enseñaban en aquel canturreo de la escuela, lo aprende uno después: cuando una noche, al sentarse a la mesa, queda vacío el sitio de Cesáreo, de Rafael, de Pepe, de Jesús, de Isabel, de Conchita...
Esto ha ido sucediendo poco a poco sin darle al caso la importancia debida. Cada una de estas idas han sido como esas primeras canas o arrugas en las que no te fijas hasta que un día, de pronto, cuando son demasiadas, dices: ¡Pues estoy todo cano! O ¡Si ya estoy arrugado por completo!
Pues lo mismo, lo mismo, está noche en la mesa, me di cuenta de que estábamos ya, como dice la gente, en cruz y en cuadro. Y entonces se me vino a la mente el canturreo lejano de la escuela: "de diez me llevo una", y pensé para mi: ¿pero la vida, no sabe de matemáticas? ¿O será que nosotros no entendemos el jaleo aritmético que la vida se trae?
Aún cuando bien mirado, ella va por sus pasos, como íbamos los niños aprendiendo en la escuela. Lo primero sumar: nacen los hijos. Lo segundo restar: se van marchando. Lo tercero multiplicar: vienen los nietos. Y lo cuarto, partir: Que llega la vejez y te encuentras partido por el eje. ¡Vaya, vaya si tienen perendengues las matemáticas que se trae la existencia!
José Montoto

