martes, 8 de mayo de 2012
FUNERAL POR TÍA MARÍA
EL VIERNES 11 DE MAYO, A LAS 21 H. SE CELEBRARÁ UN FUNERAL POR TÍA MARÍA EN LA PARROQUIA DE LOS REMEDIOS.
domingo, 6 de mayo de 2012
TÍA Y MADRE.... MARÍA
Y... SALIÓ LA PRIMERA
¡Qué sencillo, y a la par qué difícil es morir! Sencillo, porque está en la voluntad de Dios que se apague tu vida. Difícil, porque está en tu voluntad -en el dominio de tus nervios, en el domar y tener a raya los afectos, en situarte de una manera consciente sin nerviosismos ni movimientos histéricos- el morir dignamente, tal como quiere Dios.
Morir es la batalla decisiva: el triunfo sempiterno o la derrota eterna. Y para trance tal, hay que tener los nervios bien templados.
¿Y cómo, y de qué modo se templan esos nervios, cómo puede ir el alma a la pelea con sus armas mejores? Buscando en la oración durante muchos años la fuerza que no tienes, el poder que te falta, el valor que precisas.
Cómo es ley que alcanza a todos los mortales, se venía planeando la batalla desde hacía muchos años; desde el instante mismo de nacer. El momento era incierto, pero cierto que el trance llegaría. Y por ello, como sabio y prudente capitán, ella tenía a mano las armas bien bruñidas, y todo el arsenal de lo que sería necesario, preparado y a punto.
Y en la hora del tránsito del uno al otro día, recitando el Magnificat, enamorada siempre de la Virgen, su alma salió del cuerpo aquel, porque Dios quiso darle lo que no hay en la tierra. ¡Ay qué bello y qué dulce el morir de los justos! ¡Ay qué liada "Pajarita" la que voló al Señor en la hora solemne de aquella noche! ¡Ay qué feliz sería, si al llegar mi momento yo pudiese y supiese librar la batalla postrera con tal sabiduría!
"Y consiento en mi morir, con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre vivir, cuando Dios quiere que muera, es locura".
Querida Tía María: aún recuerdo, y no se me olvidará nunca, cuando hablábamos sobre lo difícil que es esto de escribir, sobre las veces que escribía y borraba una y otra vez hasta dar con lo que quiere uno contar de la forma que creía era la más adecuada, lo dejé reflejado incluso en una ocasión. Esto no es algo que sólo me pasa a mí, escribir sin hacerlo, sin llevarlo o trasladarlo al papel, imaginarlas y darles forma sin hacerlo, no es cosa exclusiva en nadie. Abuelo lo contaba de esta forma en una de sus "Pajaritas".
Cuento todo esto porque para escribir sobre ti, no hace falta soñarte, para contar algo sobre ti, no hace falta escribir, basta sólo con cerrar los ojos y pensar, todo lo que me viene a la memoria es hermoso, todo bondad, todo amor y cariño, entrega en todos los aspectos de la vida, todo es bonito, nada tiene de trabajo, nada tiene de engorro, todo es amable, y lo más hermoso sin duda, es ver esa sonrisa que permanentemente habitaba en tu alma y se mostraba en tu rostro. Darle forma tampoco es trabajoso, darle forma, es recordar la forma que tenías de dar dos besos de saludo cuando ibamos a verte a tu casa, unidos a la suave caricia de tus manos. Esto es muy difícil, Tía María, porque hablar de ti es hablar de Tía Tote, pues sois almas gemelas, únidas hasta el final. Es difícil, porque habéis llenado nuestro corazones de tanto amor, que ahora dejas un vacío imposible de llenar. Tus hermanas, tu hermano, tus sobrinas, sobrinos, sobrinas y sobrinos nietos... En definitiva, tus "Hijos" (siempre serás nuestra "Madrecita") primas, primos, amigas, amigos, todos, absolutamente todos, te echaremos mucho de menos.
Cuanto toca a la madre es adorable: que si adorable es ella, no menos lo es aquella que a falta de la madre hace sus veces, y a la que llamo yo "la madrecita".
Yo no sé ahora, porque todo ha cambiado. Pero antes, gozaban las chiquillas con jugar a mayores. Su espíritu femenino, su instinto de mujer hacendosa, su natural anhelo maternal, le hacía preferir dos juegos inocentes: uno el de las muñecas, acunando a su niña, durmiéndola, diciéndole dulces frases de amor; otro el de la casita. En el extremo de un corredor establecía su casita, colocaba sus cachivaches y se hacía la ilusión de un hogar. Si en la casa había más de una, había tantas casitas como niñas: Y una a la otra se visitaban hablándose de usted y contándose cosas de sus hijos, todo remedo de lo que oían a las madres de veras.
De vez en cuando, estas madres de mentirijillas pasaban a serlo de verdad, cuando, por desgracia, la muerte se llevaba a la madre verdadera. En algún caso, y sin solución de continuidad, hubo quien tuvo que pasar de jugar a la casita a gobernar la casa; de la ficción de mujer, a la verdad de serlo prematuramente.
Estas niñas que se ven forzadas a dejar los juegos para empuñar las riendas de un hogar, son en todo admirables. Sus cabecitas han de trocar los sueños por las realidades, la feliz insconciencia juvenil por la responsabilidad de una función augusta. Tienen que ser como madres de hermanos que les igualan la edad, como esposas del padre, cuyo cuidado embarga sus horas. Son mártires chiquitas que aceptan con mansa resignación sacrificios y cuidados sin cuento. Se diría que sus madres desde el cielo las guían y aconsejan para que acierten en el papel difícil que han de desempeñar.
La madrecita no ha tenido la alegría de crear un hogar: se lo ha encontrado hecho y ha tomado el gobierno de la casa en tétricos instantes. No ha fundado el hogar con ilusión: se lo encontró fundado y entristecido con crespones de luto. Pero ella, animosa, con esa ternura femenina, con ese instinto de maternidad, se asocia al padre en velar por los hijos, adopta como tales a los que son hermanos, renuncia a muchas bellas ilusiones, frena su risa, acepta sinsabores y cuidados, y va serenamente, con valor femenino -que es el valor mayor y más audaz- haciendo su papel de madrecita, cuidando de todo, vigilándolo todo, sacando, no sé de dónde, ternuras para el padre y los hermanos, que nada echan de menos porque nada les falta. ¿De dónde sacan fuerzas para tanto, y dónde aprenden lo que aun no tienen tiempo de saber? ¿Es que hablan con sus madres al rezar? ¿Es que sueñan con ellas? ¿Es que ellas les inspiran la conducta a seguir? Misterio impenetrable es todo esto. Pero lo cierto es que una madre nunca se va del todo. Que algo nos queda de ella. Y es que ellas no se van -porque así se lo piden al Señor- hasta que ven que el lugar que ellas dejan puede ocuparlo ya esa criatura, amable y admirable, a la que llamo yo "la madrecita".
JOSÉ MONTOTO
¡Qué sencillo, y a la par qué difícil es morir! Sencillo, porque está en la voluntad de Dios que se apague tu vida. Difícil, porque está en tu voluntad -en el dominio de tus nervios, en el domar y tener a raya los afectos, en situarte de una manera consciente sin nerviosismos ni movimientos histéricos- el morir dignamente, tal como quiere Dios.
Morir es la batalla decisiva: el triunfo sempiterno o la derrota eterna. Y para trance tal, hay que tener los nervios bien templados.
¿Y cómo, y de qué modo se templan esos nervios, cómo puede ir el alma a la pelea con sus armas mejores? Buscando en la oración durante muchos años la fuerza que no tienes, el poder que te falta, el valor que precisas.
Cómo es ley que alcanza a todos los mortales, se venía planeando la batalla desde hacía muchos años; desde el instante mismo de nacer. El momento era incierto, pero cierto que el trance llegaría. Y por ello, como sabio y prudente capitán, ella tenía a mano las armas bien bruñidas, y todo el arsenal de lo que sería necesario, preparado y a punto.
Y en la hora del tránsito del uno al otro día, recitando el Magnificat, enamorada siempre de la Virgen, su alma salió del cuerpo aquel, porque Dios quiso darle lo que no hay en la tierra. ¡Ay qué bello y qué dulce el morir de los justos! ¡Ay qué liada "Pajarita" la que voló al Señor en la hora solemne de aquella noche! ¡Ay qué feliz sería, si al llegar mi momento yo pudiese y supiese librar la batalla postrera con tal sabiduría!
Querida Tía María: aún recuerdo, y no se me olvidará nunca, cuando hablábamos sobre lo difícil que es esto de escribir, sobre las veces que escribía y borraba una y otra vez hasta dar con lo que quiere uno contar de la forma que creía era la más adecuada, lo dejé reflejado incluso en una ocasión. Esto no es algo que sólo me pasa a mí, escribir sin hacerlo, sin llevarlo o trasladarlo al papel, imaginarlas y darles forma sin hacerlo, no es cosa exclusiva en nadie. Abuelo lo contaba de esta forma en una de sus "Pajaritas".
EN EL NOMBRE DE DIOS
Yo había "escrito", en mi juventud, cosas bonitas. Las había escrito sin escribirlas, que es como mejor salen. Solo para mí: las imaginaba, les iba dando forma, soñaba con ellas, me recreaba en ellas y las olvidaba luego. Escribir es trabajo y es engorro, y, ¿a qué escribir, si para nuestro gusto y nuestro recreo nos basta y sobra con la fantasía, con el soñar, con el imaginar?
Muchas veces, al escribir, me digo: Y esto, ¿qué le importa a la gente? Pero es el caso que eso me importa a mí, y yo escribo más para mí que para los demás.
Cuento todo esto porque para escribir sobre ti, no hace falta soñarte, para contar algo sobre ti, no hace falta escribir, basta sólo con cerrar los ojos y pensar, todo lo que me viene a la memoria es hermoso, todo bondad, todo amor y cariño, entrega en todos los aspectos de la vida, todo es bonito, nada tiene de trabajo, nada tiene de engorro, todo es amable, y lo más hermoso sin duda, es ver esa sonrisa que permanentemente habitaba en tu alma y se mostraba en tu rostro. Darle forma tampoco es trabajoso, darle forma, es recordar la forma que tenías de dar dos besos de saludo cuando ibamos a verte a tu casa, unidos a la suave caricia de tus manos. Esto es muy difícil, Tía María, porque hablar de ti es hablar de Tía Tote, pues sois almas gemelas, únidas hasta el final. Es difícil, porque habéis llenado nuestro corazones de tanto amor, que ahora dejas un vacío imposible de llenar. Tus hermanas, tu hermano, tus sobrinas, sobrinos, sobrinas y sobrinos nietos... En definitiva, tus "Hijos" (siempre serás nuestra "Madrecita") primas, primos, amigas, amigos, todos, absolutamente todos, te echaremos mucho de menos.
LA "MADRECITA"
Cuanto toca a la madre es adorable: que si adorable es ella, no menos lo es aquella que a falta de la madre hace sus veces, y a la que llamo yo "la madrecita".
Yo no sé ahora, porque todo ha cambiado. Pero antes, gozaban las chiquillas con jugar a mayores. Su espíritu femenino, su instinto de mujer hacendosa, su natural anhelo maternal, le hacía preferir dos juegos inocentes: uno el de las muñecas, acunando a su niña, durmiéndola, diciéndole dulces frases de amor; otro el de la casita. En el extremo de un corredor establecía su casita, colocaba sus cachivaches y se hacía la ilusión de un hogar. Si en la casa había más de una, había tantas casitas como niñas: Y una a la otra se visitaban hablándose de usted y contándose cosas de sus hijos, todo remedo de lo que oían a las madres de veras.
De vez en cuando, estas madres de mentirijillas pasaban a serlo de verdad, cuando, por desgracia, la muerte se llevaba a la madre verdadera. En algún caso, y sin solución de continuidad, hubo quien tuvo que pasar de jugar a la casita a gobernar la casa; de la ficción de mujer, a la verdad de serlo prematuramente.
Estas niñas que se ven forzadas a dejar los juegos para empuñar las riendas de un hogar, son en todo admirables. Sus cabecitas han de trocar los sueños por las realidades, la feliz insconciencia juvenil por la responsabilidad de una función augusta. Tienen que ser como madres de hermanos que les igualan la edad, como esposas del padre, cuyo cuidado embarga sus horas. Son mártires chiquitas que aceptan con mansa resignación sacrificios y cuidados sin cuento. Se diría que sus madres desde el cielo las guían y aconsejan para que acierten en el papel difícil que han de desempeñar.
La madrecita no ha tenido la alegría de crear un hogar: se lo ha encontrado hecho y ha tomado el gobierno de la casa en tétricos instantes. No ha fundado el hogar con ilusión: se lo encontró fundado y entristecido con crespones de luto. Pero ella, animosa, con esa ternura femenina, con ese instinto de maternidad, se asocia al padre en velar por los hijos, adopta como tales a los que son hermanos, renuncia a muchas bellas ilusiones, frena su risa, acepta sinsabores y cuidados, y va serenamente, con valor femenino -que es el valor mayor y más audaz- haciendo su papel de madrecita, cuidando de todo, vigilándolo todo, sacando, no sé de dónde, ternuras para el padre y los hermanos, que nada echan de menos porque nada les falta. ¿De dónde sacan fuerzas para tanto, y dónde aprenden lo que aun no tienen tiempo de saber? ¿Es que hablan con sus madres al rezar? ¿Es que sueñan con ellas? ¿Es que ellas les inspiran la conducta a seguir? Misterio impenetrable es todo esto. Pero lo cierto es que una madre nunca se va del todo. Que algo nos queda de ella. Y es que ellas no se van -porque así se lo piden al Señor- hasta que ven que el lugar que ellas dejan puede ocuparlo ya esa criatura, amable y admirable, a la que llamo yo "la madrecita".
JOSÉ MONTOTO
viernes, 4 de mayo de 2012
MARIA. Llena de virtudes y de gracia, de amor y de cariño, de paciencia y sabiduría, de caridad, de respeto, de humildad, de "tiritas y pañuelos", de corazón puro y de todas las cosas que formaban parte de tu entrañable mundo. PILAR, de espiritu recio, inamobible de raices, justa y poderosa, de alma grande y del metal del que están hechas las mejores madres. Me queda todo de tí y formas parte de lo mejor de mi existencia. ¡TE QUIERO! A mi Tía, Maria del Pilar. Eduardo Castrillón Montoto
viernes, 6 de abril de 2012
No Hay Pesadumbre
Solo Dios sabe que no sé como empezar. Solo yo sé que lo que he hecho no está bien. Solo puedo decir que lo que he hecho no debí hacerlo. ¿Por qué? No puedo explicarlo, pero lo hecho, hecho está.
No es fácil esto.
Lo que a continuación os transcribo hará que entendáis un poco lo que quiero decir. A lo mejor con ello me conoceréis un poco más. Me siguen pidiendo que escriba, en su día me comprometí yo solo a hacerlo, no lo hago diariamente como él, o ellos, os he dejado de la mano, que no en el olvido, no me siento encadenado a nada, pero si voy, y vengo, además de haberme ausentado por una larga temporada. Vuelvo a casa de nuevo, perdonar mi ausencia. ¡Gracias!
Un día me invitaron a escribir aquí. Nunca creí que pudiera llegar a hacerlo. Empecé con unas pequeñas y escuetas lineas, fueron dirigidas a quien hoy le pediré disculpas. Le siguieron otras tan iguales, como simples y llanas. Lo hice sin saber nada de nada. Lo que hice, lo hice sin saber, sin tener ni idea de que alguien o algunos pudieran un día pedirme que siguiera escribiendo. ¿Qué puede saber alguien que no ha escrito en su vida? ¿Que impulsos son los que pueden hacer que vuelva a intentarlo? ¿Que es, lo que hace que alguien como yo se atreva a redactar lo vivido, lo acontecido en el día de hoy, algo que con inusual atrevimiento, he sido capaz de hacer?.
Llevo con gran orgullo mis Apellidos... Castrillón Montoto Shelly De Flores Huertas González De La Hoyuela... ¿Por qué digo esto? Porque lo que nunca imaginé que haría, lo que nunca jamás hubiera hecho, lo que ni por asomo me hubiera pasado por la cabeza, lo he hecho hoy. No me pesa el nombre, no me pesan los apellidos, no me pesa el que me pidáis que escriba, lo hago encantado, no me pesa llevar, ser, sangre de su sangre, lo llevo a gala, muy a gala, lo llevo para mí, solo para mí. Si sale a colación me crece grande el orgullo, me late fuertemente el corazón al decir: ¡Soy nieto de Don José Montoto González de la Hoyuela!. Sin embargo hoy me pesa algo, me pesa haber sido capaz de usar su nombre para conseguir entrar en la que fue su Casa de Hermandad, la casa que le otorgó el titulo de Hermano Mayor a Perpetuidad.. La Carretería.
¡Semana Santa, agua y más agua! El tiempo no acompaña. Cofradías que se quedan en sus Iglesias, lágrimas que se derraman, lágrimas que van cayendo desde los ojos de tantos y tantos Hermanos. Tristeza en sus corazones.
¡Viernes Santo! Las palabras no valen para saber lo que se siente, no sé como explicaros la ilusión de un chiquillo de corta edad, biznieto de don José, después de no haber salido el día anterior a hacer Estación de Penitencia con su Hermandad a causa de la lluvia, después de no haber visto, vivido, el procesionar de otras Hermandades. Cómo explicar que no era sólo este chiquillo. Quien puede comprender que este nieto de don José, de la mano de este chiquitín, tuvo el atrevimiento de no hacer cola para pasar a ver las Imagenes de esta Hermandad de la Carretería que se quedaron en su Capilla por la misma causa.
En la misma puerta de la Capilla, de la mano de este chaval de ocho añitos, dispuestos a entrar a pesar de la cola, pero... Este, su tío, que le supera en estatura, más no lo supera mucho en edad, (creo que tendré interiormente unos ocho añitos más que él) no puede hacer las cosas como debieran hacerse. Bastaba con ponerse en la cola y esperar nuestro turno como todo el mundo hacía. Había otra forma de entrar, y no se me ocurrió alguna mejor ¡Cómo no, Jesús, donde quiera que vas!
Vereis, por la misma puerta pero en sentido contrario, justo por donde salen los que ya han visitado la Capilla, veo que entran diez o doce personas, no se me ocurre otra cosa que decirle a mi compañero de travesura ¡Métete detrás de ellos! ¡Allá vamos! Pero he aquí la gran sorpresa, tanto para mí, como para el señor que nos impide el paso. Seguidamente a la afirmación de este señor: ¡Por aquí no se puede pasar! Respondo: ¿Por qué ellos sí y nosotros no? Sentencia con voz firme de nuevo: ¡Ellos son hermanos! Sin saber el porque, sin querer, me sale esta frase: ¡Yo soy nieto de Don José Montoto y González de la Hoyuela! Os aseguro que la cara de sorpresa que puso este señor fue muy significativa, pero no lo fue más que la mía al escuchar: ¡Y yo, pertenecí a su Junta de Gobierno! ¿Por qué no lo has dicho antes? -Aquí, justo aquí, es donde debo pedirte disculpas por el atrevimiento al usar tu nombre en esta situación creada solo por mí, no debí hacerlo Abuelo, pero soy así, imprevisible, es inevitable en mí. ¡Lo siento!
¡Pasar!. Este fue el salvoconducto que automáticamente nos llevó a los pies de Nuestro Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima de la Luz, y de Nuestra Señora del Mayor Dolor en Su Soledad.
Entraba por primera vez en la que fue tu Casa de Hermandad durante tantos años, entraba por primera vez en la Hermandad que te nombró su Hermano Mayor a Perpetuidad, y no lo pude hacer de manera peor, pero ese sentimiento que recorrió mi cuerpo, mi mente y mi corazón no podía haberlo sentido de otra forma que no hubiera sido esta, no podía haber imaginado jamás el peso de tu paso por esta Hermandad tantos años después.
Tu nombre sigue teniendo ese peso tan difícil de llevar, tan duro de cargar sobre unos hombros como los míos. Difícil para un nieto tuyo que tiene esta forma de ser tan atolondrada como irrespetuosa a veces, pero te puedo asegurar que no hay nada que me haga sentir más orgulloso, te puedo prometer que no alardeo de ello, pero te puedo asegurar también la gran satisfacción que me produjo este suceso acaecido en esta lluviosa tarde de Viernes Santo en la que fui de la mano de un biznieto tuyo a visitar tu antigua Casa de Hermandad, en la que esta pequeña travesura de hombretón que sigue teniendo en su interior la edad de su sobrino, fue capaz de cometer, donde menos lo debió hacer.
Ahora, sólo ahora, después de disculparme por mi comportamiento, puedo hacer lo que a petición de otro nieto tuyo, debo, que no quiere decir que pueda, pero quiero hacer.
Esto que hago. Lo que he hecho. Arrepentido, quiero escribir y contar lo vivido sin querer.
No es Pesadumbre Abuelo, aprenderé y sabré llevar a gala tu nombre. No me pesa lo hecho, me causa inmenso placer saber que el paso del tiempo no ha conseguido borrar tu nombre, sigue estando presente, muy presente, sobre todo en esta tu Casa de Hermandad. Lo he podido comprobar.
Pocas cosas hay que pesen como el nombre. Porque es tanto su peso, hay tantos hombres que, sin fuerzas para ostentarlo enhiesto, lo arrastran malamente. Entre todas las herencias que pueden recibirse, ninguna tan difícil de administrar como la del nombre ilustre que nos legara un padre.
Administrar bien los bienes de fortuna, ni es fácil ni está en ti tener acierto. Para obviar este mal, se inventaron lo vínculos y mayorazgos, con lo que, al menos el primogénito, conservaría el lustre famíliar.
Esto era en lo económico; pero, ¿y en lo otro? ¿Podía ser fácil administrar la gloria y el honor, mostrándose a toda hora en tesitura y posición de príncipe? ¡Ay, qué difícil es! No ya por ser bueno ni malo, sino por saber ser señor, que es arte tan difícil, que en el empeño fracasan muchas veces personas que descienden de casas nobilísimas, mientras en ocasiones se conducen con gentil señorío los que nunca tuvieron abuelos tan ilustres.
Se puede ser , y se ve por ahí quien no es mala persona, pero que dista mucho de lo que es ser señor. Estos tales, valiera más que no hiciesen mostración ostentosa de sus nobles abuelos, porque con ello nada ganan, antes pierden, al comparar la altura de que vienen y el ridículo alcor en que se empinan. Porque en cuestión de altura hay dos maneras. Ser alto, encontrarse elevado por méritos, es una; la otra es empinarse, en ridícula pugna, queriendo aparentar una estatura a la que no se llega de verdad.
El grande es como el sol. Puede estar cuando nace a ras de tierra; puede estar a la altura discreta de la media mañana o de la media tarde; puede estar en el cenit, a la hora histórica del apogeo de su casa y estirpe, tan alto como el sol a mediodía. Y puede estar en el declinar de la tarde, tocando los picachos de los montes o hundiéndose en la tierra de la llanura parda. Pero siempre, a la altura de la hora en que esté, le corresponde estar con la grandeza y con la dignidad del astro rey.
No es exigible a nadie que sostenga la tesitura de la nota aguda que diera el fundador de su linaje en la hora precisa de su aria, como al sol le sería imposible sostenerse por siempre a la altura de las doce del día. Ni ha de estar en heroico, ni en poderoso si Dios dispuso privarle de los bienes o méritos que tuvieron los suyos de otra edad.
Lo que sí es necesario es que esté a todas horas "en señor". que en lugar de alabarse de que tuvo un abuelo heroico e ilustre, sea digno de él en el afán diario de la vida. Que en lugar de decir con modo impertinente "yo vengo de Fulano", y creerse por ello redimido de toda obligación, piense en cada momento y contingencia: ¿qué haría, cómo actuaría mi abuelo en este caso, en esta más modesta posición en que me colocó la vida? El ser nieto de alguien no redime de nada. Antes, obliga mucho. Por eso es tan difícil administrar la herencia de un buen nombre. Porque muchos, deslumbrados por proclamar "yo vengo de Fulano", se olvida de decir y practicar en muchas contingencias de la vida: "yo haré de este modo porque así lo haría él; porque no en balde soy nieto de Fulano".
En aplicar esta sencilla regla está todo el secreto de la sabia y honesta, a la vez que difícil, administración del brillo de la estirpe que, debiendo ser norma, acicate y estímulo, lo convierten algunos en origen de un sueño impertinente; porque sueñan que son lo que no son, y se comportan como no corresponde a lo que quieren ser.
PD: ¡Domingo de Resurreción!. Aprovechando el día y en términos taurinos, me voy a tomar la libertad de dedicarle este escrito a quien me animó a hacerlo... ¡Va por ti Ignacio! ¡Gracias por animarme! ¡Porque tú, sí que sabes estar cuando, donde, y cómo hay que estar!
No es fácil esto.
Lo que a continuación os transcribo hará que entendáis un poco lo que quiero decir. A lo mejor con ello me conoceréis un poco más. Me siguen pidiendo que escriba, en su día me comprometí yo solo a hacerlo, no lo hago diariamente como él, o ellos, os he dejado de la mano, que no en el olvido, no me siento encadenado a nada, pero si voy, y vengo, además de haberme ausentado por una larga temporada. Vuelvo a casa de nuevo, perdonar mi ausencia. ¡Gracias!
-Lector, ¿qué sabes tú de mí? Nada, absolutamente nada. Crees tomarme el pulso diariamente, penetrar en mi pensamiento de cada mañana, pero nada conoces de los graves problemas que me fatigan al tiempo de escribir y de la poca o ninguna relación que guardan con lo que escribo. Piensas tenerme cerca, siempre en el mismo lugar, inmóvil, encadenado por la firma, sujeto a estas columnas. No sabes que voy, vengo, y me ausento durante largas temporadas.-Extracto de la "Pajarita" El Fuego Sagrado. Publicada por José Montoto De Flores. Año de 1945.
Un día me invitaron a escribir aquí. Nunca creí que pudiera llegar a hacerlo. Empecé con unas pequeñas y escuetas lineas, fueron dirigidas a quien hoy le pediré disculpas. Le siguieron otras tan iguales, como simples y llanas. Lo hice sin saber nada de nada. Lo que hice, lo hice sin saber, sin tener ni idea de que alguien o algunos pudieran un día pedirme que siguiera escribiendo. ¿Qué puede saber alguien que no ha escrito en su vida? ¿Que impulsos son los que pueden hacer que vuelva a intentarlo? ¿Que es, lo que hace que alguien como yo se atreva a redactar lo vivido, lo acontecido en el día de hoy, algo que con inusual atrevimiento, he sido capaz de hacer?.
Llevo con gran orgullo mis Apellidos... Castrillón Montoto Shelly De Flores Huertas González De La Hoyuela... ¿Por qué digo esto? Porque lo que nunca imaginé que haría, lo que nunca jamás hubiera hecho, lo que ni por asomo me hubiera pasado por la cabeza, lo he hecho hoy. No me pesa el nombre, no me pesan los apellidos, no me pesa el que me pidáis que escriba, lo hago encantado, no me pesa llevar, ser, sangre de su sangre, lo llevo a gala, muy a gala, lo llevo para mí, solo para mí. Si sale a colación me crece grande el orgullo, me late fuertemente el corazón al decir: ¡Soy nieto de Don José Montoto González de la Hoyuela!. Sin embargo hoy me pesa algo, me pesa haber sido capaz de usar su nombre para conseguir entrar en la que fue su Casa de Hermandad, la casa que le otorgó el titulo de Hermano Mayor a Perpetuidad.. La Carretería.
¡Semana Santa, agua y más agua! El tiempo no acompaña. Cofradías que se quedan en sus Iglesias, lágrimas que se derraman, lágrimas que van cayendo desde los ojos de tantos y tantos Hermanos. Tristeza en sus corazones.
¡Viernes Santo! Las palabras no valen para saber lo que se siente, no sé como explicaros la ilusión de un chiquillo de corta edad, biznieto de don José, después de no haber salido el día anterior a hacer Estación de Penitencia con su Hermandad a causa de la lluvia, después de no haber visto, vivido, el procesionar de otras Hermandades. Cómo explicar que no era sólo este chiquillo. Quien puede comprender que este nieto de don José, de la mano de este chiquitín, tuvo el atrevimiento de no hacer cola para pasar a ver las Imagenes de esta Hermandad de la Carretería que se quedaron en su Capilla por la misma causa.
En la misma puerta de la Capilla, de la mano de este chaval de ocho añitos, dispuestos a entrar a pesar de la cola, pero... Este, su tío, que le supera en estatura, más no lo supera mucho en edad, (creo que tendré interiormente unos ocho añitos más que él) no puede hacer las cosas como debieran hacerse. Bastaba con ponerse en la cola y esperar nuestro turno como todo el mundo hacía. Había otra forma de entrar, y no se me ocurrió alguna mejor ¡Cómo no, Jesús, donde quiera que vas!
Vereis, por la misma puerta pero en sentido contrario, justo por donde salen los que ya han visitado la Capilla, veo que entran diez o doce personas, no se me ocurre otra cosa que decirle a mi compañero de travesura ¡Métete detrás de ellos! ¡Allá vamos! Pero he aquí la gran sorpresa, tanto para mí, como para el señor que nos impide el paso. Seguidamente a la afirmación de este señor: ¡Por aquí no se puede pasar! Respondo: ¿Por qué ellos sí y nosotros no? Sentencia con voz firme de nuevo: ¡Ellos son hermanos! Sin saber el porque, sin querer, me sale esta frase: ¡Yo soy nieto de Don José Montoto y González de la Hoyuela! Os aseguro que la cara de sorpresa que puso este señor fue muy significativa, pero no lo fue más que la mía al escuchar: ¡Y yo, pertenecí a su Junta de Gobierno! ¿Por qué no lo has dicho antes? -Aquí, justo aquí, es donde debo pedirte disculpas por el atrevimiento al usar tu nombre en esta situación creada solo por mí, no debí hacerlo Abuelo, pero soy así, imprevisible, es inevitable en mí. ¡Lo siento!
¡Pasar!. Este fue el salvoconducto que automáticamente nos llevó a los pies de Nuestro Santísimo Cristo de la Salud, María Santísima de la Luz, y de Nuestra Señora del Mayor Dolor en Su Soledad.
Entraba por primera vez en la que fue tu Casa de Hermandad durante tantos años, entraba por primera vez en la Hermandad que te nombró su Hermano Mayor a Perpetuidad, y no lo pude hacer de manera peor, pero ese sentimiento que recorrió mi cuerpo, mi mente y mi corazón no podía haberlo sentido de otra forma que no hubiera sido esta, no podía haber imaginado jamás el peso de tu paso por esta Hermandad tantos años después.
Tu nombre sigue teniendo ese peso tan difícil de llevar, tan duro de cargar sobre unos hombros como los míos. Difícil para un nieto tuyo que tiene esta forma de ser tan atolondrada como irrespetuosa a veces, pero te puedo asegurar que no hay nada que me haga sentir más orgulloso, te puedo prometer que no alardeo de ello, pero te puedo asegurar también la gran satisfacción que me produjo este suceso acaecido en esta lluviosa tarde de Viernes Santo en la que fui de la mano de un biznieto tuyo a visitar tu antigua Casa de Hermandad, en la que esta pequeña travesura de hombretón que sigue teniendo en su interior la edad de su sobrino, fue capaz de cometer, donde menos lo debió hacer.
Ahora, sólo ahora, después de disculparme por mi comportamiento, puedo hacer lo que a petición de otro nieto tuyo, debo, que no quiere decir que pueda, pero quiero hacer.
Esto que hago. Lo que he hecho. Arrepentido, quiero escribir y contar lo vivido sin querer.
No es Pesadumbre Abuelo, aprenderé y sabré llevar a gala tu nombre. No me pesa lo hecho, me causa inmenso placer saber que el paso del tiempo no ha conseguido borrar tu nombre, sigue estando presente, muy presente, sobre todo en esta tu Casa de Hermandad. Lo he podido comprobar.
PESADUMBRE DEL NOMBRE
Pocas cosas hay que pesen como el nombre. Porque es tanto su peso, hay tantos hombres que, sin fuerzas para ostentarlo enhiesto, lo arrastran malamente. Entre todas las herencias que pueden recibirse, ninguna tan difícil de administrar como la del nombre ilustre que nos legara un padre.
Administrar bien los bienes de fortuna, ni es fácil ni está en ti tener acierto. Para obviar este mal, se inventaron lo vínculos y mayorazgos, con lo que, al menos el primogénito, conservaría el lustre famíliar.
Esto era en lo económico; pero, ¿y en lo otro? ¿Podía ser fácil administrar la gloria y el honor, mostrándose a toda hora en tesitura y posición de príncipe? ¡Ay, qué difícil es! No ya por ser bueno ni malo, sino por saber ser señor, que es arte tan difícil, que en el empeño fracasan muchas veces personas que descienden de casas nobilísimas, mientras en ocasiones se conducen con gentil señorío los que nunca tuvieron abuelos tan ilustres.
Se puede ser , y se ve por ahí quien no es mala persona, pero que dista mucho de lo que es ser señor. Estos tales, valiera más que no hiciesen mostración ostentosa de sus nobles abuelos, porque con ello nada ganan, antes pierden, al comparar la altura de que vienen y el ridículo alcor en que se empinan. Porque en cuestión de altura hay dos maneras. Ser alto, encontrarse elevado por méritos, es una; la otra es empinarse, en ridícula pugna, queriendo aparentar una estatura a la que no se llega de verdad.
El grande es como el sol. Puede estar cuando nace a ras de tierra; puede estar a la altura discreta de la media mañana o de la media tarde; puede estar en el cenit, a la hora histórica del apogeo de su casa y estirpe, tan alto como el sol a mediodía. Y puede estar en el declinar de la tarde, tocando los picachos de los montes o hundiéndose en la tierra de la llanura parda. Pero siempre, a la altura de la hora en que esté, le corresponde estar con la grandeza y con la dignidad del astro rey.
No es exigible a nadie que sostenga la tesitura de la nota aguda que diera el fundador de su linaje en la hora precisa de su aria, como al sol le sería imposible sostenerse por siempre a la altura de las doce del día. Ni ha de estar en heroico, ni en poderoso si Dios dispuso privarle de los bienes o méritos que tuvieron los suyos de otra edad.
Lo que sí es necesario es que esté a todas horas "en señor". que en lugar de alabarse de que tuvo un abuelo heroico e ilustre, sea digno de él en el afán diario de la vida. Que en lugar de decir con modo impertinente "yo vengo de Fulano", y creerse por ello redimido de toda obligación, piense en cada momento y contingencia: ¿qué haría, cómo actuaría mi abuelo en este caso, en esta más modesta posición en que me colocó la vida? El ser nieto de alguien no redime de nada. Antes, obliga mucho. Por eso es tan difícil administrar la herencia de un buen nombre. Porque muchos, deslumbrados por proclamar "yo vengo de Fulano", se olvida de decir y practicar en muchas contingencias de la vida: "yo haré de este modo porque así lo haría él; porque no en balde soy nieto de Fulano".
En aplicar esta sencilla regla está todo el secreto de la sabia y honesta, a la vez que difícil, administración del brillo de la estirpe que, debiendo ser norma, acicate y estímulo, lo convierten algunos en origen de un sueño impertinente; porque sueñan que son lo que no son, y se comportan como no corresponde a lo que quieren ser.
JOSÉ MONTOTO
PD: ¡Domingo de Resurreción!. Aprovechando el día y en términos taurinos, me voy a tomar la libertad de dedicarle este escrito a quien me animó a hacerlo... ¡Va por ti Ignacio! ¡Gracias por animarme! ¡Porque tú, sí que sabes estar cuando, donde, y cómo hay que estar!
viernes, 30 de diciembre de 2011
¡FELIZ AÑO NUEVO!
QUERIDA FAMILIA:
LAS PÉREZ-AGUILERA MONTOTO, Y CON ESTE CRISTMA DE NUESTRO PADRE, OS DESEAMOS QUE EL AÑO NUEVO VENGA CARGADO DE:
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