En la época del abuelo los ecos de sociedad de los periódicos dirían: "Hoy celebra su onomástica el Sr. D. Jesús Castrillón Montoto, desde aquí le deseamos que el día sea muy grato para él en compañía de sus seres queridos, y que se vea colmado de regalos y parabienes".
Eso dirían los ecos de sociedad. Pero hoy en día, en sitios como el facebook los mismos deseos se expresarían más o menos así: feliciiiidadeeeeees pishaaaaaaa, que eres un monstruooooooooooooooooo ;)
En el término medio está la virtud y yo, que no soy ni de uno ni de otro, aunque quiera estar en todos lados, quiero regalarle a mi primoamigo una cosa que sé que le gusta mucho: ¡una pajarita del abuelo!... ¿que original, no? Pues sí, y es una que creo que no conoce, y habla de cómo se mide el tiempo sin necesidad de usar relojes.
Ya sabes, primamigo, que lo del tiempo es relativo. Cuando decimos "hace una eternidad que no nos vemos en la Brasa" puede ser que hayan pasado dos o tres meses. Cuando mis niños dicen "luego hago los deberes" puede que ese luego sea dentro de tres días (o un mes si los dejas). Un día sin pan es larguísimo, aunque tenga las mismas 24 horas que un día de comilona...
Pero alguna medida tendremos que tener ¿no? Pues el abuelo tiene una manera de medir el tiempo.

En fin... la vida es la vida, y hace tres días, como quien dice, eras ese niño sonriente en bañador (jijijijijiji), y mírate ahora, ¡hecho un mocetón! Pues como entras en una edad difícil, ponte las gafas, lee la Pajarita con detenimiento, y después me dices en qué fase estás ahora de las que nombra el abuelo: puede que todavía estés en la del andar muy despacioso (lo cual sería para mí un alivio), aunque me temo que estarás entrando ya en la de un andar más discreto o en la de una carrera desaforada... Yo, como soy INFINITAMENTE más joven que tú, estaré, por supuesto, en la anterior a la que tú elijas. El que no corre vuela, hijo. ¡Que disfrutes mucho este día monstruooooooooooooooooo!

HAY MUY VARIOS RELOJES
En la vida hay muchísimos relojes. No son tan solo minutero y horario los que marcan el tiempo. Hay otros más veloces y mucho más enérgicos en darnos cuenta de cómo pasa raudo. Cuando llega un domingo nos parece que casi no había pasado el anterior, según la prisa con que se suceden. Luego, los otros días los marcan los acontecimientos ordenados a fecha fija: tal programa de radio o de televisión, tal reunión semanal, los sorteos de la lotería... Hoy, que es viernes, llega un sobre abultado con la colaboración semanal de la Agencia «Logos». Cada semana, al abrir el sobre, me pregunto lo mismo: ¿pero otra vez es viernes? Y lo grave es que lo es, a pesar de que nos parece imposible que hayan ya transcurrido siete días.
Y aún hay algo peor. Porque si en lo de las semanas podemos consolarnos pensando en que siete días pasan pronto en verdad, es del todo tremendo y pavoroso el que igual nos ocurra con las estaciones. Y lo grave es que ocurre, y que un día te preguntas: ¿pero otra vez invierno? ¿Es posible que ya sea verano nuevamente? Y no has acabado de sacar el abrigo cuando ya has de guardarlo, y apenas lo has guardado cuando te ves forzado a sacarlo de nuevo.
Y es que el tiempo, que al medirlo es igual, y cada hora transcurre en 60 minutos, y a cada año lo integran doce meses, resulta desigual cuando, en vez de medirlo con reloj o almanaque, lo medimos con nuestros sentimientos. Yo recuerdo lo muchísimo que tardé en poder exclamar «hoy hace veinte años». En llegar a ese día tardé yo un siglo. ¿Por qué?, porque esperaba. Y al que espera sucesos venturosos y un porvenir soñado, se le hace el tiempo largo en demasía. En cambio luego... casi no has acabado de decir «hace cuarenta años», cuando puedes decir «hace cincuenta», o hace bastantes más. ¿Por qué?, porque no esperas. Porque temes. Temes que lleguen los problemas difíciles, la vejez, los achaques, las incidencias mil que trae la vida y que uno no querría que llegasen. Lo que se espera, tarda. En cambio, lo que temes, llega pronto.Hoy es viernes de nuevo. Apenas hace nada llegó el frío, y antes de darnos cuenta nos llegará el calor. El reloj de la vida es caprichoso: veinte años de un andar muy despacioso; luego unos cuantos años de un andar más discreto. Y después un correr desaforado.
Y es lo que, si pudiera, le diría yo al tiempo: ¿a qué tanto correr?
JOSE MONTOTO (1963)