Tres constantes de su quehacer. Tres pautas de su existencia, y tres reglas de oro de sus relaciones con los demás. Comprensión indulgente para los errores, las faltas, los fallos o las negligencias de quienes, debiéndole o no algo, no eran nunca objeto de su ira, de su rencor, ni incluso de su censura. Comprensión que siempre iba conjunta a un anonimato oculto, apartado y silente. Y el remate, su trabajo constante y emprendedor. Mª Dolores nos dice que podía pasarse (nos referimos a sus tiempos culminantes) noches sin dormir o días sin comer sin que sufriera en falta la mas mínima deficiencia en su ritmo de vida.
Tres cualidades de su comparecer comprometido ante los deberes que su alma se planteaba.
INTROVERSION
Más que un problema psicológico fue una derivación de su defecto de oído. Se le hizo imposible la comunicación que él tanto necesitaba, a través de los diálogos y las tertulias entre amigos, las conversaciones en familia o ante el sonido televisivo y radiofónico. Por cierto que era un gran amigo de la “tele”. Interrogadas nuestras interlocutoras sobre los gustos de Don José en torno a la pequeña pantalla, nos dicen -como nos temíamos- que veía una cierta banalidad, una falta de originalidad y carácter propio, acrecentando así el dolor que le producía no poder recibir la voz propiamente dicha. Ponía especial interés en los informativos, prueba una vez más de su inquietud por los acontecimientos periodísticos, por la materia publicable. Con todo, esa vivaz actividad que desprendía su ameno trato se vio velada casi con un eclipse total al verse afectado por su sordera. Hasta donde pueda un defecto físico de elemental relevancia para la vinculación con los semejantes, hasta allí condicionó el talante abierto y ágil de Don José, la dificultad de su sentido auditivo. Un hombre que de ser completamente comunicativo pasó a postrarse en una introversión triste soportada con paciencia resignada. Esa es la única causa, evidente, de su aislacionismo, de su soledad, algo lejana y pérdida, de ese apartamiento en que muy frecuentemente se sumía.
ANTE LAS INNOVACIONES
Las aceptaba, pero no compartía por lo general, LA APLICACIÓN, la interpretación con que se alumbraba la realidad tanto política como religiosa de los últimos tiempos.
Acostumbraba a mostrar su enfado –con un cariñoso reproche sin paliativos ni eufemismos- a quienes ponían de relieve su asentimiento y casi “complicidad” con los hechos que tanto levantaba su repulsa, siempre cordial, nunca airada.
Era un entusiasta del mayo mariano, del rosario, y no asimilaba el desprecio en que él observaba, se abandonaba esas tradiciones que amaba por considerarla esencia popular del ser humano. Deseaba los cambios, pero no la destrucción de un acervo que estimaba capital para la valoración de nuestra sociedad, para el acercamiento del hombre a su historia.
Pero no debe pensarse que ello tuvo alguna vez un matiz ofuscativo. Prueba de ello es el respeto y amor que profesó, a lo largo de toda su vida, al Papa. Nos cuentan que en un documento muy personal se hace alusión a la Virgen y al Papa como a los dos seres -aparte del Altísimo- a quienes se debe consagrar un querer y una admiración más absolutos e incondicionales.
SU PUEBLO
Y tal vez su más fraternal cariño; su marca más inalienable; y su destino más íntimo.

Se nos informa asimismo que, ya últimamente, había manifestado una clara vinculación con el Rocío, aunque en bastante menor medida que su filiación a actos, ceremonias y festejos propios de su tierra natal.
SU ÚLTIMO ACTO PÚBLICO
Algo que todos los hermanos de la Carretería tenemos que agradecer con cariño y emoción es el hecho esclarecedor de que Don José asistiera, en calidad de Hermano Mayor a Perpetuidad, a su último acto público siendo este el de homenaje a los jóvenes costaleros hermanos, en un céntrico local sevillano. Poco amigo de celebraciones multitudinarias, pero aliado enternecedor de cualquier reunión –organizada o espontánea- familiar, amistosa, o profesional donde se viviera una atmósfera de íntima cordialidad, de afable tertulia coloquial, en aquella ocasión hizo lo que -ya ligeramente enfermo- debió ser un esfuerzo por acompañar a sus hermanos, A PERPETUIDAD, para rendir demostración de gratitud y aliento para estas nuevas generaciones de desinteresados jóvenes. Celoso tal vez de no poder apoyar el trono de su Virgen de “Miracielo” sobre sus hombros, hubo de conformarse –lo que para él sería sin duda una gozada- con estar presente en una hora de tanta cálida trascendencia.
UN DETALLE PROVIDENCIAL DE SU MUERTE
Ya en estado crítico, y en la Unidad de Vigilancia Intensiva de la Clínica del Sagrado Corazón, su hija Mª del Pilar tuvo la feliz idea de acercarle –hasta donde le fuera permitido- su preciado símbolo de devoto sin reservas de la Virgen de Setefilla: la medalla de oro, más o menos del diámetro (era de forma rómbica) de una naranja mediana, y maciza. Con la banda de seda fue entregada al Padre Patero (franciscano capellán del centro sanitario) con el fin de que, si era posible, le fuera colocada en aquellos angustiosos momentos. El religioso, aceptando el encargo, y en el trance de aplicarle la Extrema Unción al agonizante, dejó sobre el pecho de Don José el emblema áureo de su pasión religiosa. Un enfermo cardíaco, pasados ya los ochenta años de vida, y en condiciones naturales realmente insoportables, supo y quiso, con el aliento entrecortado de un inconcluso vocablo de tranquilidad, estrechar la mano de la “dama vestida de blanco”, y encomendar su espíritu al Padre Eterno, acogiendo en su seno, ya la respiración a extinguirse, el trozo de metal que era santo y seña físicos de su coordenada devocional más integral. Al amanecer siguiente, su cadáver se encontraba en Lora, cerca de su Virgencita morena, y ya su alma había trascendido a la sublimación de la paz eterna.
ANGEL L. PEREZ GUERRA
1 comentarios:
Desde luego el texto no tiene desperdicio. No lo conocía, y me ha encantado leerlo.
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