Os voy a contar hoy lo que nos pasó a mi hermano Pepe y a mí el día de nuestra Primera Comunión.
Como antes había que estar sin comer desde la noche anterior, o sea 12 horas, imaginaros el hambre que teníamos, y más viendo la mesa puesta con todo lo del desayuno para la celebración, porque antes no se hacían estas fiestas de ahora, se daba un desayuno y punto. En la mesa había dulces, bollos y pastas de té.
Bueno, pues resulta que nosotros, ya arreglados con nuestros trajes de Primera Comunión. El mío se lo tuvo que probar mi hermano porque yo me negaba a probármelo cuando lo estaban haciendo, y Pepe de marinero, como está mandado.
Total que al pasar por el comedor estaba Maruja empinada sobre la mesa cogiendo dulces y nos dio una pastita a mí y otra a Pepe que nos supo a gloria bendita.
Maruja actuó de serpiente y Pepe y yo de Adán y Eva.
Cuando nos pillaron se formó la marimorena. Decían que había que suspender la Primera Comunión.

Empezaron a preguntarnos que cuánto habíamos comido, que si mucho, que si poco. Total que al final dijimos que era un trocito tan pequeño como la punta de un alfiler, lo cual era mentira.
Así que con esa mentira gorda los dos comulgamos en la Mezquita de Córdoba, y estuvimos una buena temporada con remordimientos de conciencia creyendo que habíamos cometido un pecado gordísimo.
Los mayores salvaron su responsabilidad creyéndonos y nosotros pudimos disfrutar de nuestra fiesta.
1 comentarios:
Como no tenía foto de tu primera comunión he puesto ésta, en la que tienes una cara de santa tan grande tan grande, que es imposible que unos años más tarde te convirtieras en pecadora por culpa de una pastita.
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